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SAGRADA CENA

Anónimo.

Óleo sobre lienzo.

340 x 480 cm.

Primer tercio del siglo XVII.

Real Monasterio de San Leandro. Sevilla

Esta Sagrada Cena se realizó expresamente para el refectorio del monasterio de San Leandro de Sevilla, en la alborada del siglo XVII, por lo que existe una clara relación entre el lugar al que iba destinado y el tema representado.  A miles de kilómetros de aquellos admirables cenáculos florentinos, en una metrópoli artística como Sevilla, puerto y puerta de las Indias, las pinturas de la Última Cena que presiden los refectorios de los conventos sevillanos son un eco muy lejano, a veces perdido, de aquellas singulares invenciones del ingenio humano que tendrán, a su vez, su repercusión en América. Pero no por ello, estas obras hispalenses dejan de tener interés o tienen que englobarse como piezas de menor calidad y secundarias.

Enmarcada por una arquitectura de tipo palaciego y estilo renacentista, se desarrolla la escena en la que Cristo comparte la última cena con los apóstoles. Cuatro columnas con capiteles de orden jónico sostienen un lignario artesonado dorado labrado a casetones. Entre las columnas se representan dos hornacinas con dos esculturas romanas que figuran las imágenes de Adán, con la manzana y la parra que cubre su sexo, así como de una bella Eva pudicitia que sigue el tipo de la Afrodita o Venus púdica, en el lado opuesto. Estos grupos de dos columnas y hornacina enmarcan dos postigos y un vano donde se representan diferentes escenas. En el primero, situado más a la izquierda, la madre de Jesús, María, contempla la escena que preludia la pasión de su Hijo. En el vano central, el pintor nos retrotrae a una secuencia anterior. Jesús acepta su sino en el monte de los olivos. Este se pintó arrodillado en un paraje elevado donde la luz de una luna llena se focaliza sobre su imagen. En el último de los postigos, María Magdalena y dos sirvientes se apresuran para servir la comida del maestro y sus apóstoles.

La mesa aparece presidida por Jesús y, en paralelismo a la realizada por Leonardo da Vinci, los discípulos quedan dispuestos a ambos lados de este. El autor sigue las recomendaciones de algunos tratadistas como Pacheco y coloca a la derecha de Jesús a san Pedro, ocupando un lugar preferente al haber sido elegido por Dios como su vicario en la tierra. A la izquierda del Salvador se encuentra Santiago el Menor, al que según Pacheco había de representarse imitando el rostro de Cristo. Recostado en su pecho aparece Juan, el discípulo amado, mientras que, en primer término, Judas vuelve la mirada hacia el suelo en señal de humillación, mientras sujeta con su mano una de las monedas de los treinta siclos que señalan su traición.  En el ángulo izquierdo el rostro de uno de los discípulos, sobresale entre los demás. Con una mirada dulce pero focalizada en el espectador nos invita a pensar que deba de tratarse de un autorretrato del autor o la figura de un donante. Debemos reseñar el delicioso juego gesticulador de las manos de los apóstoles que, como en todo este tipo de obras, nos remite finalmente a la fecunda creación de Livio Agresti da Forli para el oratorio del Gonfalone en Roma, difundida ampliamente por la conocida estampa de Corenelis Cort.

La obra acusa la influencia miguelangelesca en las corpulentas figuras, cuyas anatomías se dejan traslucir a través de los ropajes. Pero el naturalismo también está presente en su especial atención a los elementos que componen el bodegón: jarras, vajilla, mantel, canasto o perro y gato que riñen bajo la mesa. La riqueza compositiva del espacio arquitectónico con los dos pares de columnas jónicas, hornacinas y vanos que nos conducen a la visión de la escena del huerto de los olivos, no puede más que elevar el ánimo de conversión de los cientos de religiosas que han compartido su pan ante tan hermosa obra pictórica siguiendo el ejemplo del que tomaron por esposo.

Salvador Guijo Pérez

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